
Errabunda, caminaba con él en los brazos y pedía limosnas para sobrevivir, para amamantar a su chiquillo pero no halló respuesta, nadie escuchó sus alaridos de dolor. Y siguió recorriendo calles y callejones en busca de una ayuda que nunca llegaría.
Desamparada, buscó un hueco en el que poder cobijarse de la noche. Había oscurecido y la luna blanca alumbraba como un potente faro de luz. La criatura miraba a su madre con ojos deseosos, esperando recibir un poco de mimo. Una caricia, un beso que le demostrara cariño y afecto. Sin embargo, nada de eso recibió tan solo duras palabras de desaprobación y reproche. Era evidente que el mundo no lo recibía con los brazos abiertos sino que lo acogía con dureza a pesar de analizar la fragilidad de su cuerpo casi desnudo. Instintivamente comenzó a llorar, esperando que alguien callase su boca con un poco de alimento pero se cansó de tanto sollozo y hasta las lágrimas se le secaron. Después de largo rato se calmó pero el hambre no se sació.
Y las primeras luces del día los sorprendieron en un rincón húmedo y fresco como la mañana, a ella la encontró dormida y al pequeño... con los ojos bien abiertos, temblando de frío y medio moribundo, pues ya llevaba horas sin probar bocado.
Una sirena de alarma les despertó y les anunciaba, con sonido estridente, que debían abandonar su refugio. Se levantó de aquel recoveco, cogió al niño casi sin fuerza y huyó de aquel escondrijo. Consiguió huir sin ser vista y atajar callejones hasta estar segura de no ser perseguida. El bebé comenzó a llorar, intentó callarlo con algunas provisiones que había robado por el camino, pero no pudo. Le tocó la frente y creyó que tenía fiebre. Su delicada piel ardía y comenzó a ponerse nerviosa, no sabía que hacer. El pequeño había pasado hambre y frío y ahora estaba enfermo. Se culpó por no haberlo abandonado antes, por no haber tenido el valor para hacerlo y aunque sabia que no era la mejor opción, no tenía alternativa. El miedo de ser encontrada y devuelta a la cárcel estremeció su cuerpo y le hizo pensar donde dejar a la criatura. Tenía que ser cautelosa y no levantar sospechas. Tapó al niño con unos trapos y se dirigió al otro lado de la ciudad. Llamó a la puerta de un caserón y salió corriendo. El niño lloraba a los pies de un centro de acogida que haría las funciones de una familia adoptiva. Fin